Cuando se piensa en el impacto de un informe como el Gen Z and Millennial Survey de Deloitte, la lectura más obvia es la que hacen las empresas, cómo retener talento, cómo diseñar políticas de bienestar, cómo adaptar el liderazgo a una generación que ya no aspira a dirigir equipos. Pero detrás de cada uno de esos datos hay una pregunta previa que interpela directamente a colegios, institutos y universidades, ¿está la educación formando a los jóvenes para el mundo que el propio informe describe? Las respuestas que ofrece el estudio son un «aviso a navegantes» para quienes dirigen centros educativos.
La confianza en la universidad se ha resquebrajado
El dato que más debería preocupar a los responsables de admisiones y a los equipos directivos es la caída de confianza en el valor de un título superior. Casi un tercio de los encuestados afirma haber decidido no cursar estudios universitarios, y aunque el coste económico es la razón más mencionada, no es la única ni, quizás, la más reveladora. Una parte importante de los jóvenes duda de que la formación universitaria les dé suficiente experiencia práctica para el mercado laboral, y muchos cuestionan si lo que se enseña en las aulas sigue siendo relevante para los empleos que existen hoy.
Esto no significa que la universidad haya perdido su atractivo de forma generalizada. Entre quienes sí decidieron cursar estudios superiores, la satisfacción con esa decisión sigue siendo mayoritaria, y el título continúa asociado a una mayor sensación de seguridad financiera a largo plazo. Pero el hecho de que el camino «por defecto» ya no se dé por sentado obliga a las instituciones a justificar su propuesta de valor, algo que hace una década resultaba innecesario. Para los equipos directivos, esto se traduce en una pregunta muy concreta: ¿puede el centro demostrar, con datos y no solo con discurso, que su formación conecta con la empleabilidad real?
Lo que de verdad quieren aprender: menos teoría, más práctica
El informe es especialmente claro en un punto que debería influir directamente en el diseño curricular, la forma en que estos jóvenes prefieren aprender ha cambiado. Los cursos exclusivamente teóricos ya no son la opción preferida. Lo que de verdad valoran es aprender haciendo, en contacto directo con la práctica, y contar con alguien con más experiencia que les guíe y les enseñe sobre el terreno. Esta preferencia aparece de forma consistente tanto entre los más jóvenes como entre los millennials, lo que sugiere que no se trata de una moda pasajera, sino de una transformación más profunda en la manera de entender el aprendizaje.
Para universidades y centros de formación profesional, esta tendencia refuerza el valor de las prácticas y los programas de mentoría, frente a modelos exclusivamente lectivos. Y para los colegios, plantea una pregunta a más largo plazo, cómo introducir ya desde etapas previas una cultura de aprendizaje aplicado que prepare a los alumnos para lo que después exigirán de la educación superior.
La inteligencia artificial también entra en las aulas
El informe dedica una parte considerable a cómo estas generaciones están viviendo la irrupción de la IA, y aunque el foco esté puesto en el entorno laboral, las implicaciones para la educación son directas. Una parte significativa ya utiliza estas herramientas de forma habitual y valora positivamente lo que les aportan, pero al mismo tiempo expresa preocupación por cómo la IA transformará el acceso al empleo, especialmente en los puestos de entrada tradicionalmente reservados a quienes acaban de terminar sus estudios.
Este dato debería resonar especialmente entre los directores de centros educativos, si la IA está reduciendo las oportunidades de primer empleo, la formación en competencias digitales ya no puede tratarse como una asignatura optativa o un taller puntual. Pero el informe matiza algo importante, los propios jóvenes no colocan las habilidades técnicas en IA por encima de las competencias transversales. Consideran que capacidades como la comunicación, el pensamiento crítico, la gestión del tiempo o la empatía seguirán siendo, si no más, igual de determinantes para su desarrollo profesional. Es un mensaje claro para quienes diseñan planes de estudio, la alfabetización en IA debe convivir con una apuesta decidida por las llamadas soft skills, no sustituirla.
El bienestar emocional, un asunto que empieza antes del primer empleo
Otro de los hallazgos que debería estar en la agenda de cualquier equipo directivo es el relativo a la salud mental. El informe muestra que una proporción considerable de jóvenes valora su bienestar emocional de forma poco favorable, y que el estrés y la ansiedad son experiencias frecuentes entre ellos. Aunque estos datos se recogen en el contexto laboral, es difícil pensar que esa fragilidad emocional aparece de la nada al firmar un primer contrato, ya que buena parte de esas dinámicas se gestan mucho antes, durante la etapa educativa. Por lo tanto, las instituciones que ya han incorporado programas serios de apoyo emocional y orientación vocacional parten con ventaja frente a las que todavía lo consideran secundario.
Propósito, no solo empleabilidad
Por último, el informe insiste en una idea que también debería trasladarse al ámbito educativo, para estas generaciones, el sentido de lo que hacen importa tanto como el resultado material que obtienen. Casi nueve de cada diez jóvenes afirman que tener un propósito claro es importante para su satisfacción y su bienestar, y muchos de ellos ya han tomado decisiones guiados por esa búsqueda de coherencia entre lo que hacen y lo que valoran.
Trasladado al mundo educativo, esto sugiere que los estudiantes de hoy no eligen únicamente un centro por su reputación académica o sus salidas profesionales, sino también por si perciben que esa institución representa unos valores con los que se sienten identificados. La forma en que un colegio o una universidad comunica su misión, su compromiso social o su papel en la comunidad puede pesar, cada vez más, en la decisión de matricularse… y de quedarse.
Una oportunidad para repensar el papel de los centros educativos
En conjunto, los datos de Deloitte dibujan un perfil de estudiante y de futuro profesional, que exige de la educación algo distinto a lo que se ofrecía hace una generación. Menos teoría desconectada de la realidad, más experiencia práctica, formación digital sin renunciar a las competencias humanas, atención genuina al bienestar emocional y una propuesta de valor con sentido, no solo con prestigio. Los centros educativos que consigan adaptarse a estas expectativas no solo estarán formando mejor a sus alumnos, probablemente también estarán construyendo una ventaja competitiva de cara a las próximas generaciones que decidan, o no, cruzar sus puertas.


